El pasado domingo 02 de octubre de 2016, creímos firmemente que se iba a hacer realidad el título que le dio Pirry a uno de sus documentales El fin del fin, pero lastimosamente el fin no llega y se prolonga la agonía.
No sabemos a ciencia cierta quién fue el ganador porque algunos dicen que ganó la democracia y estaría yo de acuerdo, si la mayoría de los 47 millones de colombianos hiciera uso de su derecho a votar. Desde esta perspectiva, ganó la abstención, la indiferencia y el deseo que perdure el statu quo, y que las cosas sigan igual.
Desde otra óptica, ganó el resentimiento, el odio y el deseo de venganza, so pretexto de una justicia humana cuando en Colombia, a diario, conocemos de injusticias, de casos de corrupción, de fiscales comprometidos en hechos delictivos, de fuga de dineros a paraísos fiscales, de casa por cárcel a criminales de cuello blanco y de un sinnúmero de impunidad en donde se encarna más el adagio de que “la justicia es para los de ruana”. Ahora, me es más entendible que este es el país del “Sagrado Corazón”, un país que todavía no ha tocado fondo, que todavía no alcanza el número de víctimas para dar fin a esta irracional violencia.
Por otra parte, yo lo llamaría el “país de la doble moral”, donde personalidades se han empoderado de la verdad absoluta, del cinismo y de la poca vergüenza y del protagonismo, como son los ex presidentes Uribe y Pastrana, donde cada uno dijo, en su momento político, que no tenía “rabo de paja”. No me cabe en la cabeza que el ex presidente Pastrana quiera un protagonismo cuando dejó al país en vergüenza pública frente al resto del mundo con lo de “la silla vacía”. Cuando con su comportamiento permisivo dio garantías extraordinarias a la guerrilla para su fortalecimiento militar y de narcotráfico y la violación de derechos humanos en el territorio dado a esta guerrilla. Comprendo que los seres humanos nos equivocamos, lo que no puedo entender es su cinismo para juzgar este proceso diciendo que no ve garantías en el aspecto de justicia y de narcotráfico.
Con respecto al ex presidente Uribe, le aplicaría otro adagio popular: “cuando el río suena, piedras lleva”, subió al poder con la premisa de “seguridad democrática” y prometió acabar con la guerrilla y tuvo ocho años para cumplir y no lo hizo.
Durante su gobierno, existieron declaraciones de nexos con el narcotráfico y el paramilitarismo, con los “falsos positivos”, el montaje de entrega de armas de los paramilitares que no eran realmente pertenecientes a estos grupos y con la compra de votos para su reelección, el escándalo de “la Yidispolítica”, entre otros.
Y en manos de este personaje está, en este momento, el proceso de paz, no en una colectividad o en un movimiento político y, mucho menos, en los seis millones de votantes que votaron por el NO.
Si me preguntan mi opinión sobre lo que pasó el domingo, diría lo siguiente:
Primero, viendo el mapa político estaría de acuerdo con lo que manifestaron algunos medios de comunicación que el interior del país le dio la espalda a las zonas de mayor conflicto, a las verdaderas poblaciones, a los verdaderos niños y niñas que anhelaban crecer sin miedo a correr en los campos llenos de minas, a que tuvieran mejores posibilidades y a invertir en una reforma agraria que es una manera de darle importancia al sector campesino, a impulsar una nueva economía y a garantizar a estas poblaciones una mejor calidad de vida.
Segundo, percibo que no se votó por la paz sino que se votó por intereses creados, por intereses particulares y movidos por una total “desinformación” del contenido de los Acuerdos de Paz. Porque algunos votaron por estar en desacuerdo con el Presidente de la República en cuanto a su mandato, otros por intereses netamente religiosos y no teológicos, otros porque no obtuvieron los beneficios esperados como los de algunos taxistas y terminaron “cobrándole” al presidente Santos sus decisiones. Es decir, no se votó por la paz y por los beneficios de la paz sino se votó irresponsablemente por motivos viscerales, emotivos, de género y se perdió la verdadera dimensión que era el cese definitivo armado.
Tercero, no se tomó en cuenta, por ejemplo, en la reforma agraria lo que dijeron los especialistas de la universidad de Los Andes quienes fueron los artífices de la mayoría del texto en este punto, en donde se le brindaban al campesino mejores condiciones, la restitución de tierras, etc.
Cuarto, la “desinformación” mencionaba de dineros dados a estos alzados en armas que es cierta pero lo que omite es que al país le cuesta siete billones de pesos al año la guerra, es decir, casi veinte mil millones diarios que podrían ser reinvertidos en sectores más necesitados como la educación, la salud y el campo.
Quinto, otra falacia vendida es que “se le iba a entregar el país a la guerrilla” y lo real eran cinco curules en el Senado y cinco en la Cámara pero a partir del 2018. Y esto, en términos reales, es un mínimo de votación para aprobar o desaprobar un proyecto. Es casi ridículo pensar que los partidos tradicionales que estaban apoyando el SÍ como son el partido conservador y el partido liberal con sus caciques iban a permitir esto.
Sexto, el voto por el SÍ era el voto por la vida, por el perdón, por la esperanza, por el fin del conflicto, por el cese al fuego, por una salida política y especialmente era pensando, no en los muertos, sino en los vivos, en condiciones difíciles que merecen una Colombia con nuevas oportunidades.
Séptimo, es preocupante volver al pasado, a un país dividido que provocó grandes tragedias y matanzas por defender un color y hoy se defiende una posición. Históricamente estamos atados a este denominador que es la guerra porque desde la antigüedad los hombres han justificado la guerra y hoy los países más ricos patrocinan armamentos y la muerte por ser un negocio lucrativo pero paradójicamente son los países que no aceptan a los desplazados o inmigrantes productos de su negocio.
Octavo, la imagen de Colombia ante el mundo es la de un país violento y no se explican cuál es la razón de este proceder, lo que sí tienen claro es que se detuvo el deseo de invertir en un país violento.
Noveno, también me cuestiono cuál ha sido el papel de la educación en estos últimos veinte años, cuando uno de los objetivos es el de formar a estudiantes críticos, analíticos, con un alto sentido de pertenencia por su patria, de inculcar compromiso social y político mediante las herramientas del estudio de la Constitución, de la Cátedra por la Paz y de las ciencias sociales.
El resultado de este plebiscito ha sumido al país en un estado de incertidumbre que se puede comparar a la Caja de Pandora, y no nos queda sino tener la esperanza de que algún día se llegue a la paz.
Por último y no menos importante la perspectiva es sesgada pues nadie se ha preguntado o tomado la molestia de preguntar a los que habitan las zonas de distención como reaccionaron frente a la posibilidad de regresar con sus familias y luego ver que esta les fue negada, esas personas que la mayoría considera parias de la sociedad son individuos que anhelan volver a la vida civil pues por otros motivos la guerrilla fue la única opción de salir adelante o simplemente fueron reclutados.